martes, 7 de octubre de 2008

Melancolía y tacos de canasta a 8x10, A 40 años la herida sigue abierta y supura

Tlatelolco (mi casa), 2 de oct del 08

Ya sea por su mercado, por su colegio, por su cárcel, por sus ruinas, por las bombas nucleares, por el terremoto o por estudiantes comprometidos con la causa, Tlatelolco es esa gran ciudadela de muros imponentes que parecen resguardar con orgullo y recelo un tesoro de historia, entrega y pasión.

Un laberinto de edificios altos y escarpados, pisos húmedos y mudos, muros vigilantes y sabios; son los acompañantes de toda esa multitud de gente que se aprecia desde el sexto piso de una de esas construcciones que son ya templos.

Los andadores se llenaron de estudiantes de nuevo como hace 40 años.

La gente camina a paso firme, sus caras se ven decididas y melancólicas a la vez, todas en un paso unísono pasan el parque de “la pera” pasan el pórtico “mártires del 68” y ven ante sus ojos tres momentos de la historia de México congelados en una sola vista.

La iglesia colonial de Santiago Tlatelolco, las ruinas de la altiva tenochtitlan y el conjunto habitacional que en su momento fue el más grande, ambicioso y moderno de toda Latinoamérica, emblema del México contemporáneo.

En sus miradas se puede discernir quien por primera vez está ahí.

Alrededor de las 4 de la tarde estudiantes, maestros y gente de diversos grupos partió de la plaza de las tres culturas rumbo al zócalo capitalino para conmemorar los 40 años de la matanza de estudiantes en Tlatelolco.

Algunos se apresuraban a alcanzar su paso y otros se quedaron en la plaza en aquella que ese día volvía a mostrar su corazón herido.

El suelo se pintó con siluetas humanas de gis que se dibujaban en formas de caídos, sobre de ellas, la plaza se esparció con calzado que aludía a la madrugada de hace 40 años donde no se encontraron cuerpos, solo zapatos y silencio.

Al fondo de la plaza, 3 estelas con los nombres de los estudiantes desaparecidos tenían al pie veladoras y flores.

La bandera ondeaba a media asta de espaldas al edificio Chihuahua que ese día tuvo en sus ventanas a francotiradores esperando la señal y horas más tarde estudiantes buscando protección y asilo.

Se colocó una tienda dónde el programa “el hueso” de W fm transmitiría en punto de las 6 de la tarde en directo.

La visión se complementaba con puestos de tacos de canasta de 8x10, vecinos inmutados, camarógrafos y gente con paso lento de mirada baja que pasaban a mi lado.

Cesar, estudiante de teatro de la facultad de filosofía y letras pintaba una pelota de hule con un “68”, vestía un gran pareo de tela gitana y tenía el torso desnudo, al aproximarnos nos dijo “qué tranza banda” y siguió pintando.

Josefina, su amiga fotógrafa se acercó a Cesar e intercambiaron saludos, tomó algunas fotos a la pelota y dijo conocerme de algún lado antes, luego se fue.

Luis, químico de profesión y pintor de corazón, amigo de Cesar se acercó y me ayudó a pintarle el rostro y cuerpo a Cesar con cicatrices que me pidió le hiciera unos minutos antes.

Mientras utilizaba más color rojo para la sangre dijo: “no lo deberíamos tomar personal sino colectivo… nada de esto debió haber pasado, como ninguna guerra”

Mientras pintábamos su cuerpo una chica que fumaba mariguana nos observaba con un letrero de “Calderón asesino” y a lo lejos se oía una marcha de maestros que entre otras cosas pedían la destitución de Elba Esther Gordillo.

Luego nos despedimos de Cesar mientras se alejaba con sus heridas maquilladas patinando. Compré una bolsa de frituras y la señora me dijo que aprovecha esta fecha para cada año venir a vender, “sólo vengo esta fecha y está muy tranquilo”